viernes, 19 de octubre de 2012
lunes, 9 de julio de 2012
viernes, 8 de junio de 2012
domingo, 3 de junio de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
martes, 15 de mayo de 2012
Himno Cotidiano
Himno Cotidiano
Gabriela Mistral
En este nuevo día
que me concedes ¡oh Señor!
dame mi parte de alegría
y haz que consiga ser mejor.
Dame Tú el don de la salud,
la fe, el ardor, la intrepidez,
séquito de la juventud;
y la cosecha de verdad,
la reflexión, la sensatez,
séquito de la ancianidad
Dichoso yo si, al fin del día,
un odio menos llevo en mí;
si una luz más mis pasos guía
y si un error más yo extinguí.
Y si por la rudeza mía
nadie sus lágrimas vertió,
y si alguien tuvo la alegría
que mi ternura le ofreció.
Que cada tumbo en el sendero
me vaya haciendo conocer
cada pedrusco traicionero
que mi ojo ruin no supo ver.
Y más potente me incorpore,
sin protestar, sin blasfemar.
Y mi ilusión la senda dore,
y mi ilusión me la haga amar.
Que dé la suma de bondad,
de actividades y de amor
que a cada ser se manda dar:
suma de esencias a la flor
y de albas nubes a la mar.
Y que, por fin
mi siglo engreído
en su grandeza material,
no me deslumbre hasta el olvido
de que soy barro y soy mortal.
Ame a los seres este día;
a todo trance halle la luz.
Ame mi gozo y mi agonía:
¡ame la prueba de mi cruz!
Romance del vendedor de canciones
Romance del vendedor de canciones
Oscar Castro
“Cuando los arroyos bruñen
filos de luna en el agua
el hombre se va cantando
cantando por la montaña.
Los ojos de sus borricos
llevan estrellas mojadas
y los huertos de mi tierra
le dan perfumes a sus árguenas.
El camino blanco, blanco
como un papel sin palabras.
El hombre le va poniendo
la letra de una tonada.
Sobre los álamos nuevos
El viento ensaya sus arpas.
la esquila de la madrina
gotea sus notas claras.
El estero es en la noche
un trozo de cielo que anda.
Arriba el cielo fulgente
es un estero que calla.
Los cascos de los borricos
trizan el cielo y el agua.
El hombre que va cantando
tiene la copla mojada”.
“Sigue cantando el
arriero
por los caminos del alba.
Llegado al pueblo, el pregón
irá a golpear en las casas:
¡Llevo canciones maduras!
Canciones recién cortadas”.
Las gentes lo sentirán
en sueños, desde sus camas
y al ver que aún queda noche
no entreabrirán sus ventanas.
¡Canciones maduras traigo
canciones recién cortadas!
Y quedará por las calles
como un olor de manzanas”.
Romance del Conde Niño
Romance del Conde Niño
[Poema: Texto completo]
Anónimo español - Siglos XV-XVI
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miércoles, 25 de abril de 2012
Meñique
Meñique
En un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía tres hijos: Pedro,
Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara colorada y de pocas entendederas; Pablo era
canijo y paliducho, lleno de envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y más ligero
que un resorte, pero tan chiquitín que se podía esconder en una bota de su padre. Nadie le decía
Juan, sino Meñique.
El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía alguno un centavo. El pan
costaba mucho, aunque era pan negro; y no tenían como ganarse la vida. En cuanto los tres hijos
fueron bastante crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran de su choza infeliz, a buscar
fortuna por el mundo. Les dolió el corazón de dejar solo a su padre viejo, y decir adiós para
siempre a los árboles que habían sembrado, a la casita en que habían nacido, al arroyo donde
bebían el agua en la palma de la mano. Como a una legua de allí, tenía el rey del país un palacio
magnífico, todo de madera, con veinte balcones de roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedió que
de repente, en una noche de mucho calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas, un roble
enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscuras el palacio del rey. Era un árbol
encantado, y no había hacha que pudiera echarlo a tierra, porque se mellaba el filo en lo duro del
tronco, y por cada rama que le cortaban salían dos. El rey ofreció dar tres sacos llenos de pesos al
que le quitara de encima al palacio aquel arbolón; pero allí se estaba el roble, echando ramas y
raíces, y el rey tuvo que conformarse con encender luces de día.
Y eso no era todo. Por aquel país hasta de las piedras del camino salían los manantiales; pero en el
palacio no había agua. La gente del palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel.
El rey había prometido hacer marqués y dar muchas tierras y dinero al que abriese en el patio del
castillo un pozo donde se pudiera guardar agua para todo el año. Pero nadie se llevó el premio,
porque el palacio estaba en una roca y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, salía debajo la
capa de granito. Como una pulgada nada más había de tierra floja.
Los reyes son caprichosos, este reyecito quería salirse con su gusto. Mandó pregoneros que
fueran clavando por todos los pueblos y caminos de su reino el cartel sellado con las armas reales,
donde ofrecía casas a su hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo, y darle además la mitad
de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y la princesa tenía fama de inteligente y
hermosa; así es que empezó a venir de todas partes un ejército de hombres forzudos, con el hacha
al hombro y el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y todos los picos se
rompían contra la roca.
Los tres hijos de los campesinos oyeron el pregón, y tomaron el camino del palacio, sin creer
que iban a casarse con la princesa, sino que encontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres
iban anda que te anda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo, y Meñique saltando de
acá para allá, metiéndose por todas las veredas y escondrijos, viéndolo todo con sus ojos brillantes
de ardilla. A cada paso tenía algo nuevo que preguntar a sus hermanos: que por qué las abejas
metían la cabecita en las flores, que por qué las golondrinas volaban tan cerca del agua, que por
qué no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba a reír, y Pablo se encogía de hombros y lo
mandaba a callar.
II
Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un monte, y oyeron
un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que caían allá en lo mas alto.
- Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña - dijo Meñique.
- Todo lo quiere saber el que no sabe nada - dijo Pablo, medio gruñendo.
- Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña - dijo Pedro, torciéndole el cachete a
Meñique de un buen pellizco.
- Yo voy a ver lo que hacen allá arriba -dijo Meñique.
- Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te dicen tus hermanos
mayores.
Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde venía el sonido. Y ¿qué
encontró Meñique en lo alto del monte? Pues un hacha encantada, que cortaba sola, y estaba
echando abajo un pino muy recio.
- Buenos días, señora hacha -dijo Meñique-: ¿no está cansada de cortar tan solita ese árbol tan
viejo?
-Hace muchos años, hijo mio, que estoy esperando por ti -respondió el hacha.
- Pues aquí me tienes -dijo Meñique.
Y sin ponerse a temblar, ni preguntar mas, metió el hacha en su gran saco de cuero, y bajó al
monte, brincando y cantando.
- ¿Que vio allá arriba el que todo lo quiere saber? -preguntó Pablo, sacando el labio de abajo y
mirando a Meñique como una torre a un alfiler.
- Pues el hacha que oíamos - le contestó Meñique.
- Ya ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores - le dijo Pedro el gordo.
A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido que venía de lejos, como de un
hierro que golpease en una roca.
- Yo quisiera saber quien anda allá lejos picando piedras - dijo Meñique.
- Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca al pájaro carpintero
picoteando en un trozo - dijo Pablo.
- Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro que picotea en un tronco - dijo
Pedro.
- Yo voy a ver lo que pasa allá lejos.
Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique, oyendo como se reían a
carcajadas Pedro y Pablo.
¿Y qué encontró Meñique allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba
abriendo la roca como si fuese mantequilla.
-Buenos días, señor pico - dijo Meñique-: ¿no está cansado de picar tan solito en esa vieja roca?
- Hace muchos años, hijo mio, que estoy esperando por ti -respondió el pico.
- Pues aquí me tienes -dijo Meñique.
Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo saco del mango, los metió aparte en su gran saco
de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando y cantando.
- ¿Y qué milagro vio por allá su señoría? - preguntó Pablo, con los bigotes de punta.
- Era un pico lo que oímos -respondió Meñique, y siguió andando sin decir mas palabra.
Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era mucho el calor.
- Yo quisiera saber -dijo Meñique- de donde sale tanta agua en un valle tan llano como este.
- ! Grandísimo pretencioso -dijo Pablo-: que en todo quiere meter su nariz! ¿No sabes que los
manantiales salen de la tierra?
- Yo voy a ver de donde sale tanta agua.
Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andar por la orilla del
arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que no era más que un hilo. Y ¿qué encontró
Meñique cuando llegó al fin? Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía a borbotones el
agua clara chispeando el sol.
- Buenos días, señor arroyo - dijo Meñique ¿no está cansado de vivir tan solito en su rincón,
manado agua?
- Hace muchos años, hijo mio, que estoy esperando por ti -respondió el arroyo.
- Pues aquí me tiene -dijo Meñique.
Y sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió en un musgo fresco para que no se
saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero, y se volvió por donde vino, saltando y cantando.
- ¿Ya sabes de donde viene el agua? -le gritó Pedro.
- Si, hermano; viene de un agujerito.
- !Oh, a este amigo se lo come el talento! !Por eso no crece! - dijo Pablo, el paliducho.
- Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber - se dijo Meñique a si mismo. y siguió su
camino, frotándose las manos.
III
Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía mas que nunca, el pozo no lo habían podido
abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado con las armas reales, donde prometía el rey casar a su
hija y dar la mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo, fuera señor de
la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. pero el rey, cansado de tanta prueba inútil,
había hecho clavar debajo del cartelón otro cartel mas pequeño, que decía con letras coloradas:
"Sepan los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey que es, se ha dignado
mandar que le corten las orejas debajo del mismo roble al que venga a cortar el árbol o abrir el
pozo, y no corte, ni abra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser modesto, que es la
primera lección de la sabiduría."
Y alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas, cortadas por la raíz de la
piel a quince hombres que se creyeron más fuertes de lo que eran.
Al leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes, se miró los brazos, con aquellos
músculos que parecían cuerdas, le dio al hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe
echó abajo una de las ramas mas gruesas del árbol maldito. Pero enseguida salieron dos ramas
poderosas en el punto mismo de hachazo, y los soldados del rey le cortaron las orejas sin mas
ceremonia.
-!Inutilón! -dijo Pablo; y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó de un golpe una gran raíz.
Pero salieron dos raíces enormes en vez de una. Y el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a
aquel que no quiso aprender en la cabeza de su hermano.
Pero a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.
- !Quítenme ese enano de ahí! - dijo el rey -: !y si no se quiere quitar, córtenle las orejas!
Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, señor rey. Yo tengo derecho
por tu cartel a probar mi fortuna. Ya tendrás tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol.
- Y la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas.
Meñique sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de cuero. El hacha era más
grande que Meñique. Y Meñique le dijo: "!Corta, hacha, corta!"
Y el hacha cortó, tajó, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco, arrancó las raíces, limpió la
tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio se
calentó con el roble todo aquel invierno.
Cuando ya no quedaba del árbol ni una sola hoja, Meñique fue donde estaba el rey sentado
junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.
- Dígame el rey ahora ¿donde quiere que le abra el pozo su criado?
Y toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo. El rey subió a un estrado
mas alto que los asientos de los demás; la princesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba
con susto a aquel hominicaco que le iban a dar para marido.
Meñique, sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el mango en el pico, lo puso
en el lugar que marcó el rey, y le dijo: "!Cava, pico cava!"
Y el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos de un cuarto de hora
quedó abierto un pozo de cien pies.
- ¿Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?
- Es hondo; pero no tiene agua.
- Agua tendrá -dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero, le quitó el musgo a la
cáscara de nuez, y puso la cáscara en una fuente que habían llenado de flores. Y cuando ya estaba
bien dentro de la tierra, dijo: "!Brota, agua, brota!"
Y el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo, refrescó el aire del patio,
y cayó en cascadas tan abundantes que al cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso
abrir un canal que llevase afuera el agua sobrante.
-Y ahora - dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla -, ¿cree mi rey que he hecho todo lo que
me pedía?
- Si marqués Meñique - respondió el rey -; y le daré la mitad de mi reino; o mejor, te compraré
en lo que vale tu mitad, con la contribución que le voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán
mucho de pagar porque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo casar,
porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño.
-¿Y que más quieres que haga, rey? - dijo Meñique, parándose en la punta de los pies, con la
manecita en la cadera, y mirando a la princesa cara a cara.
- Mañana se te dirá, marqués Meñique -le dijo el rey-: vete a dormir a la mejor cama de mi
palacio.
-Pero Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos, que parecían dos perros
ratoneros, con las orejas cortadas.
-Díganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de dónde venía el agua.
-Fortuna no mas, fortuna -dijo Pablo-. La fortuna es ciega y favorece a los necios.
-Hermanito, -dijo Pedro-, con orejas o desorejado creo que está muy bien lo que haz hecho, y
quisiera que llegara aquí papa para que te viese.
Y Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro, y a Pablo.
IV
El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le tenía despierto, si no el
disgusto de casar a su hija con aquel picolín que cabía en una bota de su padre. Como buen rey
que era, ya no quería cumplir con lo que prometió; y le estaban zumbando en los oídos las
palabras del marques Meñique: "Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley,
rey."
Mandó el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían decir quienes eran los
padres de Meñique, y si era Meñique persona de buen carácter y de modales finos, como quieren
los suegros que sean los yernos, porque la vida sin cortesía es mas amarga que la cuasia y que la
retama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas buenas, que pusieron al rey de mal humor; pero
Pablo dejó al rey muy contento, porque le dijo que el marqués era un pedante aventurero, un
trasto con bigotes, una uña venenosa, un garbanzo lleno de ambición. Indigno de casarse con
señora tan principal como la hija del gran rey que le había hecho la honra de cortarle las orejas:
"Es tan vano ese macacuelo -dijo Pablo- que se cree capaz de pelear con un gigante. Por aquí cerca
hay que tiene muerta de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines todas
sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que él puede echarse al gigante de criado."
-Eso es lo que vamos a ver -dijo el rey satisfecho. Y durmió muy tranquilo lo que le faltaba de
noche. Y dicen que sonreía en sueños, como si estuviera pensando en algo agradable.
En cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda su corte. Y vino Meñique
fresco como la mañana, risueño como el cielo, galán como una flor.
-Yerno querido -dijo el rey-: un hombre de tu honradez no puede casarse con mujer tan rica
como la princesa, sin ponerle casa grande, con criados que la sirvan como se debe servir en el
palacio real. En este bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey
entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar. Figúrate qué hermoso criado no hará
ese gigante con un sombrero de tres picos, una casaca galoneada, con charreteras de oro, y una
alabarda de quince pies. Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarse contigo.
-No es cosa fácil - respondió Meñique-, pero trataré de regalarle el gigante, para que le sirva de
criado, con su alabarda de quince pies, y su sombrero de tres picos y su casaca galoneada, con
charreteras de oro.
Se fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada, un pan fresco, un pedazo
de queso y un cuchillo; se echó el saco a la espalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro
lloraba, y Pablo reía, pensando en que no volvería nunca su hermano del bosque del gigante.
En el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver, y se puso a gritar a voz en
cuello: "!Eh, gigante, gigante! ¿Donde anda el gigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al
gigante muerto o vivo."
-Y aquí estoy yo -dijo el gigante, con un vozarrón que hizo encogerse a los árboles de miedo-,
aquí estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.
-No estés tan de prisa, amigo -dijo Meñique, con una vocecita de flautín-, no estés tan de prisa,
que yo tengo una hora para hablar contigo.
Y el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quien le hablaba, hasta que se le ocurrió
bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito como un pitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el
gran saco de cuero entre las rodillas.
-¿Eres tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño? -dijo el gigante, comiéndoselo con
los ojos que parecían llamas.
-Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mio.
-Con la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del cuervo, para que te saque los ojos,
en castigo de haber entrado sin licencia en mi bosque.
-No estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mio como tuyo; y si dices una palabra
más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.
-Eso quisiera ver -dijo el gigantón.
Meñique sacó su hacha, y le dijo: "!Corta, hacha, corta!" Y el hacha cortó, tajó, astilló, derribó
ramas, cercenó troncos, arrancó raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los
árboles caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el temporal.
-Para, para -dijo asustado el gigante-, -¿quien eres tu, que puedes echarme abajo mi bosque?
-Soy el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi hacha te corta la cabeza. Tú
no sabes con quién estás hablando.
! Quieto donde estás!
-Y el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras Meñique abría su gran saco de
cuero, y se puso a comer su queso y su pan.
-¿Qué es eso blanco que comes? -preguntó el gigante, que nunca había visto queso.
-Piedras como no más, y por eso soy mas fuerte que tú, que comes la carne que engorda. Soy
más fuerte que tú. Enséñame tu casa.
-Y el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta que llegó a una casa
enorme, con una puerta que cabía un barco de tres palos, y un balcón como un teatro vacío.
-Oye -le dijo Meñique al gigante-: uno de los dos tiene que ser amo del otro. vamos a hacer un
trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas, yo seré criado suyo; si tú no puedes hacer lo que haga
yo, tú serás mi criado.
-Trato hecho -dijo el gigante-: me gustaría tener de criado a un hombre como tú, porque me
cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya, pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el
agua para la comida.
Meñique levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos tanques, de diez pies de alto
y seis pies de un borde a otro. Más fácil le era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que
cargarlos.
-!Hola! -dijo el gigante, abriendo la boca terrible-: a la primera ya estás vencido. Haz lo que yo
hago, amigo, y cárgame el agua.
-¿Y para qué la he de cargar? -dijo Meñique-. Carga tú, que eres bestia de carga. Yo iré donde
está el arroyo, y lo traeré en brazos, y te llenaré los cubos, y tendrás tu agua.
-No, no -dijo el gigante, que ya me dejaste el bosque sin árboles, y ahora me vas a dejar sin agua
de beber. Enciende el fuego, que yo traeré el agua.
Meñique encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue echando el gigante un
buey entero, cortado en pedazos, y una carga de nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta
coles. Y de tiempo en tiempo espumaba el guiso con una sartén, y la probaba, y le echaba sal y
tomillo, hasta que lo encontró bueno.
-A la mesa, que ya está la comida -dijo el gigante-: y a ver si haces lo que yo hago, que me voy a
comer todo este buey, y te voy a comer a ti de postres.
-Está bien, amigo -dijo Meñique. pero antes de sentarse se metió debajo de la chaqueta la boca
de su gran saco de cuero, que le llagaba del pescuezo a los pies.
Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, solo que no echaba en la boca las
coles, y las zanahorias, y los nabos, y los pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.
-!Uf! !ya no puedo comer mas! -dijo el gigante-; tengo que sacarme un botón del chaleco.
-Pues mírame a mí, gigante infeliz -dijo Meñique, y se echó una col entera en el saco.
-!Uha! -dijo el gigante-: tengo que sacarme otro botón. !que estómago de avestruz tiene este
hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer piedras.
-Anda, perezoso -dijo Meñique-: come como yo-y se echó en el saco un gran trozo de buey.
-!Paff! -dijo el gigante-: se me saltó el tercer botón: ya no me cabe un chícharo: ¿como te va a ti
hechicero?
-¿A mi? -dijo Meñique-: no hay cosa más fácil que hacer un poco de lugar.
Y se abrió con el cuchillo de arriba a abajo la chaqueta y el gran saco de cuero.
-Ahora te toca a ti -dijo al gigante-; haz lo que yo hago.
-Muchas gracias -dijo el gigante-. Prefiero ser tu criado. Yo no puedo digerir las piedras.
Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respecto, se lo sentó en el hombro derecho, se
echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro, y salió andando por el camino del palacio.
En el palacio estaban de fiesta, sin acordarse de Meñique, ni de que le debían el agua y la luz;
cuando de repente oyeron un gran ruido, que hizo bailar las paredes, como si una mano
portentosa sacudiese el mundo. Era el gigante que no cabía por el portón, y lo había echado abajo
de un puntapié.
Todos salieron a las ventanas a averiguar la causa de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado
con mucha tranquilidad en el hombreo del gigante, que tocaba con la cabeza el balcón donde
estaba el mismo rey. Saltó al balcón Meñique, hincó una rodilla delante de la princesa y le habló
así; "Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado y aquí están dos a sus pies."
Este galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de la corte, dejó pasmado al rey,
que no halló excusa que dar para que no se casara Meñique con su hija.
-Hija -le dijo en voz baja-, sacrifícate por la palabra de tu padre el rey.
-Hija del rey o hija de campesino -respondió ella-, la mujer debe casarse con quien sea de su
gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que me interesa. Meñique -siguió diciendo en voz alta
la princesa-: eres valiente y afortunado, pero esto no basta para agradar a las mujeres.
Ya lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad, y obedecer sus caprichos.
-Veo que eres hombre de talento -dijo la princesa- . Puesto que sabes adivinar tan bien, voy a
ponerte una última prueba, antes de casarme contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú
o yo. Si pierdes, quedo libre para ser de otro marido.
Meñique saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la prueba a la sala del trono,
donde encontraron al gigante sentado en el suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las
rodillas, porque no cabía en la sala lo alto que era. Meñique le hizo una seña, y él echó a andar
acurrucado, tocando el techo con la espalda y con la alabarda a rastras, hasta que llegó donde
estaba Meñique, y se echó a sus pies, orgullosa de que vieran que tenía a hombre de tanto ingenio
por amo.
-Empezaremos por una bufonada -dijo la princesa-. Cuentan que las mujeres dicen muchas
mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una mentira más grande. El primero que diga: "!Esto
es demasiado!" pierde.
-Por servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdad con toda el alma.
-Estoy segura -dijo la princesa- de que tu padre no tiene tantas tierras como el mío. Cuando dos
pastores tocan el cuerno en las tierras de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno
del otro pastor.
-Eso es una bicoca -dijo Meñique-. Mi padre tiene tantas tierras que una ternerita de dos meses
que entra por una punta es ya vaca lechera cuando sale por la otra.
-Eso no me asombra -dijo la princesa-. En tu corral no hay un toro tan grande como el de mi
corral. Dos hombres sentados en los cuernos no pueden tocarse con un aguijón de veinte pies
cada uno.
-Eso es una bicoca -dijo Meñique- . La cabeza del toro de mi casa es tan grande que un hombre
montado en un cuerno no puede ver al que está montado en el otro.
-Eso no me asombra -dijo la princesa-. En tu casa no dan las vacas tanta leche como en mi casa,
porque nosotros llenamos cada mañana veinte toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de
queso tan alta como la pirámide de Egipto.
-Eso es una bicoca -dijo Meñique-. En la lechería de mi casa hacen unos quesos tan grandes que
un día la yegua se cayó en la artesa, y no la encontramos sino después de una semana. El pobre
animal tenía el espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvió de espinazo
nuevo. Pero una mañanita le salió un ramo de espinazo por encima de la piel, y el ramo creció
tanto que yo me subí en él y toqué el cielo. Y en el cielo vi una señora vestida de blanco, trenzando
un cordón con la espuma del mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se me reventó, y caí dentro de una
cueva de ratones. Y en la cueva de ratones estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su
rueca, como dos viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas hasta que
se la caían a tu padre los bigotes.
-!Eso es demasiado! -dijo la princesa- !A mi padre el rey nadie le ha tirado nunca de las orejas!
-!Amo, amo! -dijo el gigante-. Ha dicho "!Eso es demasiado!" La princesa es nuestra.
VI
-Todavía no -dijo la princesa, poniéndose colorada-. Tengo que ponerte tres enigmas, a que me
los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos casamos . Dime primero: ¿qué es lo que siempre
está cayendo y nunca se rompe?
-!Oh! -dijo Meñique-; mi madre me arrullaba con ese cuento: !es la cascada!
-Dime ahora -preguntó la princesa, ya con mucho miedo-: ¿quién es el que anda todos los días el
mismo camino y nunca se vuelve atrás?
-!Oh! -dijo Meñique; mi madre me arrullaba con ese cuento: !es el sol!
-El sol es -dijo la princesa, blanca de rabia-. Ya no queda más que un enigma. ¿En qué piensas tú
y no pienso yo?, ¿qué es lo que yo pienso, y tú no piensas?, ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni
yo?
-Meñique bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el miedo de perder.
-Amo -dijo el gigante-; si no adivina el enigma, no te calientes las entendederas. hazme una
seña, y cargo con la princesa.
-Cállate, criado -dijo Meñique-; bien sabes tú que la fuerza no sirve para todo. Déjame pensar.
-Princesa y dueña mía -dijo Meñique, después de unos instantes en que se oía correr la luz-.
Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque veo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo
lo que me quieres decir, y tu piensas en que yo no lo entiendo. Tu piensas, como noble princesa
que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tu marido, y yo no pienso que haya logrado
merecerte. Y en lo que ni yo ni tú pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen
tan pobres....
-Cállate -dijo la princesa-; aquí está mi mano de esposa, marqués Meñique.
-¿ Qué es eso que piensas de mi, que lo quiero saber? -preguntó el rey.
-Padre y señor -dijo la princesa, echándose en sus brazos-; que eres el más sabio de los reyes, y
el mejor de los hombres.
-Ya lo sé, ya lo sé -dijo el rey-; y ahora déjenme hacer algo por el bien de mi pueblo. !Meñique,
te hago duque!
-!Viva mi amo y señor, el duque Meñique - gritó el gigante, con una voz que puso azules de
miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo, e hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.
VII
En el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular, porque de los
casamientos no se puede decir al principio, sino luego, cuando empiezan las penas de la vida, y se
ve si los casados se ayudan y quieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el que cuenta el
cuento tiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su amo que les iba
poniendo su sombrero de tres picos a todos los árboles que encontraba, y cuando salió el carruaje
de los novios, que era de nácar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se echó e;
carruaje a la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta que los dejó a la
puerta del palacio, como deja una madre a su niño en la cuna. Esto se debe decir, porque no es
cosa que se ve todos los días.
Por la noche hubo discursos, y poetas que le dijeron versos de bodas a los novios, y lucecitas de
color en el jardín, y fuegos artificiales para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de
flores. Todos cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos, bailaban con mucha
elegancia y honestidad al compás de una música de violines, con los violinistas vestidos de seda
azul, y su ramito de violeta en el ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno que no hablaba ni
cantaba, y era Pablo el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no podía ver a su hermano feliz,
y se fue al bosque para no oír ni ver, y en el bosque murió, porque los osos se lo comieron en la
noche oscura.
Meñique era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio si debían tratarlo con
respeto o verlo como cosa de risa; pero por su bondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer, y
de la corte entera, y cuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos años. Y
dicen que mandó tan bien que sus vasallos nunca quisieron más rey que Meñique, que no tenía
gusto sino cuando veía a su pueblo contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo
para dárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines que lo defienden de
los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey tan bueno como Meñique.
Pero no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un hombre de ingenio tan
grande; porque el que es estúpido no es bueno, y el que es bueno no es estúpido. Tener talento
es tener buen corazón; el que tiene buen corazón, ese es el que tiene talento. Todos los pícaros
son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque de este cuento otra lección
mejor, vaya a contarlo a Roma.
De los Apeninos a Los Andes
De los Apeninos a los Andes
[Texto completo]
Edmundo de Amicis
Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre.
Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que allí encuentran las personas que se dedican a servir, éstas vuelven a su patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de pesos
La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y con el corazón lleno de esperanzas. El viaje fue feliz; apenas llegó a Buenos Aires encontró en seguida, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía mucho tiempo, una excelente familia del país, que le daba buen salario y la trataba bien.
Por algún tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular. Como habían convenido entre sí, el marido dirigía las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer; ésta, a su vez, le daba las contestaciones para que las mandase a Génova, escribiendo él, por su parte, algunos renglones. Ganaba ochenta pesos al mes, y como no gastaba nada en ella, enviaba a su casa, cada tres meses, una buena suma, con la cual el marido, que era un hombre de bien, iba pagando poco a poco las deudas más urgentes y adquiriendo así buena reputación. Entre tanto, trabajaba y estaba contento con lo que hacía; pero también esperaba que su mujer volviera dentro de poco, pues la casa parecía que estaba como en sombra desde que ella faltaba, y el hijo menor, que quería mucho a su madre, se entristecía y no podía resignarse a su ausencia.
Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una carta breve en la que decía no estar bien de salud, no se recibieron más. Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó. Escribieron, también, a la familia del país donde estaba sirviendo la mujer; pero sospecharon que no llegaría la carta, porque habían equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestación.
Temiendo una desgracia, se dirigieron al consulado italiano de Buenos Aires, pidiéndole que hiciese investigaciones; después de tres meses, les contestó el cónsul: a pesar del anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado, ni para dar noticias. Y no podía suceder de otro modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el decoro de su familia, que creía manchar trabajando como criada, la buena mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero nombre.
Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; el más pequeño se sentía oprimido por una tristeza que no podía vencer. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a buscar a su mujer a América. Pero ¿y el trabajo? ¿quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la familia. En este afán vivían, repitiendo todos los días las mismas conversaciones dolorosas o mirándose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el más pequeño, dijo resueltamente:
-Voy a América a buscar a mi madre.
El padre movió la cabeza tristemente, y no respondió. Era un buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo, hacer un viaje a América, cuando se necesitaba un mes para llegar! Pero el muchacho insistió pacientemente. Insistió aquel día, el siguiente, todos los días, con gran parsimonia, y razonando como un hombre.
-Otros han ido -decía-, más pequeños que yo. Una vez que esté en el barco, llegaré allí como los demás, y no tendré más que buscar la casa del tío. Como hay allá tantos italianos, alguno me enseñará la calle. Encontrando al tío, encuentro a mi madre, y si no la encuentro, buscaré al cónsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que haya ocurrido hay allí trabajo para todos; yo también encontraré una ocupación que me permita, al menos, ganar lo suficiente para volver a casa.
Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre. Éste lo apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimo, que estaba acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, que todas estas buenas cualidades reforzaban su decisión de buscar a su madre a quien adoraba. Sucedió también que cierto comandante de un buque mercante amigo de un conocido suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle, gratis, un billete de tercera clase para ir a Argentina. Entonces, después de nuevas vacilaciones, el padre consintió y se decidió el viaje. Llenaron de ropa un pequeño baúl, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le dieron las señas del tío, y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.
-Marcos, hijo mío -le dijo el padre, dándole el último beso con lágrimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba por salir-: ¡Ten ánimo, vas con un fin santo; Dios te ayudará!
¡Pobre Marcos! Tenía corazón esforzado y estaba preparado también para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre aquel gran navío lleno de compatriotas que emigraban, solo, desconocido de todos, con aquel pequeño baúl que encerraba toda su fortuna, le asaltó un repentino desánimo.
Dos días permaneció arrinconado en la proa, como un perro, casi sin comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes pensamientos lo asaltaban, y el más triste, el más terrible era el que más se apoderada de él: el pensamiento de que hubiese muerto su madre. En sus sueños interrumpidos y penosos, veía siempre la faz de un desconocido que lo miraba con aire de compasión, y después le decía al oído: "¡Tu madre ha muerto!" Y entonces se despertaba ahogando un grito.
Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el océano Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fue un breve alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados bríos.
Los días se sucedían tristes y monótonos, confundiéndose unos con otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parecía que hacía ya un año que estaba en el mar. Cada mañana, al despertar, experimentaba un nuevo estupor encontrándose allí solo, en medio de aquella inmensidad de agua, viajando hacia América.
Los hermosos peces voladores que caían a cada instante en el barco; aquellas admirables puestas de sol de los trópicos con esas inmensas nubes color de fuego y sangre; aquellas fosforescencias nocturnas, que hacían que todo el océano apareciera encendido como un mar de lava, no le hacían el efecto de cosas reales, sino más bien de fantasmas vistos en el sueño.
Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se caía, en medio de un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado su última hora. Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinitamente aburridos; horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos inmóviles sobre las tablas, parecían muertos. Y el viaje no acababa nunca: mar y cielo, cielo y mar hoy como ayer, mañana como hoy, siempre, eternamente.
Y él se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le cerraban y la cabeza se le caía, rendida por el sueño; y entonces volvía a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de lástima y le repetía al oído: "¡Tu madre ha muerto!". Y aquella voz lo despertaba sobresaltado para volver a soñar con los ojos abiertos y mirando el inalterable horizonte.
Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Había entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a América a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de Rosario; le había contado todo lo que ocurría en su casa, y el viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas en el cuello:
-¡Ánimo, muchachito!, tú encontrarás a tu madre sana y contenta.
Aquella compañía lo animaba, y sus presentimientos, de tristes, se habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos de emigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento su llegada a Buenos Aires: se veía en una calle, encontraba la tienda, se echaba en brazos del tío: "¿Cómo está mi madre?" "¿Dónde está?" "¡Vamos en seguida!" "En seguida vamos". Corrían juntos, subían una escalera, se abría una puerta... Y aquí el sordo soliloquio se detenía, se perdía su imaginación en un sentimiento de inexplicable ternura que le hacía sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y murmurar, besándola, sus oraciones.
El vigesimoséptimo día después de la salida, llegaron. Era una hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital argentina. Aquel tiempo espléndido le pareció de buen agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo; y había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento.
Le parecía haber volado, soñando, y haber despertado entonces. Y era tan feliz, que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían robado la mitad, no le quedaban más que unas pocas liras; pero, ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su baúl al hombro, pasó, con otros muchos italianos, a un vaporcito que lo llevó a poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo lombardo y se dirigió de prisa a la ciudad.
Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, detuvo a un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de las Artes. Por casualidad, se había encontrado con un obrero italiano. Éste lo miró con curiosidad, y le preguntó si sabía leer. El muchacho contestó que sí.
-Pues bien -le dijo el obrero, indicándole la calle de que salía- sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas y acabarás por encontrar la que buscas.
El muchacho le dio las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.
Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo; llenas de gente, de coches, de carros, que producían un ruido ensordecedor; aquí y allá se izaban inmensas banderas de varios colores en las que había escritos, en gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante, volviéndose a derecha e izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar.
La ciudad le parecía infinita; creía que se podían pasar días y semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba.
Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio una delante de sí, y le dio una sacudida el corazón; la alcanzó, la miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvió, vio el número 117; la tienda del tío era el número 175. Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse para tornar aliento, diciendo para sí: "¡Ah, madre mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante?" Corrió más: llegó a una pequeña tienda de quincalla. Ésa era. Se asomó. Vio a una señora con el pelo gris y anteojos.
-¿Qué quieres, niño? -le preguntó aquélla en español.
-¿No es ésta -dijo el muchacho, procurando echar fuera la voz- la tienda de Francisco Merelo?
-Francisco Merelo murió -respondió la señora en italiano.
El chico recibió una fuerte impresión al oírlo.
-¿Cuándo murió?
-¡Oh! Hace tiempo -respondió la señora-; algunos meses; tuvo malos negocios, y se fue. Dicen que se fue a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda es mía.
El muchacho palideció.
Después dijo precipitadamente:
-Merelo conocía a mi madre; ella estaba aquí sirviendo en casa del señor Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. He venido a América a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre.
-Hijo mío -respondió la señora-, yo no sé de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a Merelo. Puede ser que éste sepa algo.
Fue al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida.
-Dime -le preguntó la tendera-: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de hijos del país?
-En casa del señor Mequínez -respondió el muchacho-, sí, señora, alguna vez. Al final de la calle de las Artes.
-¡Ah! ¡Gracias, señora! -gritó Marcos-. Dígame el número..., ¿no lo sabe? Hágame acompañar, acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo algunos cuartos.
Y dijo esto con tanto calor, que sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió:
-Vamos -y salió el primero a muy ligero paso.
Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa reja de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de macetas de flores. Marcos tocó la campanilla.
Apareció una señorita.
-Vive aquí la familia Mequínez ¿no es verdad? -preguntó con ansiedad el muchacho.
-Aquí vivía -respondió la señorita, pronunciando el italiano a la española-. Ahora vivimos nosotros, la familia Ceballos.
-¿Y a dónde han ido los señores Mequínez? -preguntó Marcos, latiéndole el corazón.
-Se han ido a Córdoba.
-¡Córdoba! -exclamó Marcos-; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?
La señorita lo miró y dijo:
-No lo sé. Quizá lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espérate un momento.
Se fue, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris. Éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero genovés, de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal italiano:
-¿Es genovesa tu madre?
Marcos respondió que sí.
-Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.
-¿Y a dónde han ido?
-A la ciudad de Córdoba.
El muchacho dio un suspiro; después dijo con resignación:
-Entonces..., iré a Córdoba.
-¡Ah, pobre niño! -exclamó el señor mirándolo con lástima-. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí.
Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la reja.
-Veamos, veamos -dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo la puerta-; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Siéntate.
Le ofreció asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchándolo muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución:
-Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?
-Tengo todavía, pero muy poco -respondió Marcos.
El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo:
-Oye, italianito, ve con esta carta a Boca. Es una ciudad pequeña, medio genovesa, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Entrégale esta carta. Él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario y te recomendará a alguno de allí que podrá proporcionarte un medio para que sigas el viaje hasta Córdoba, en donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto -y le dio algunos pesos-. Anda y ten ánimo; aquí hay por todas partes compatriotas tuyos, y no te abandonarán. Adiós.
El muchacho le dijo:
-Gracias.
Sin ocurrírsele otras palabras, salió con su cofre y, despidiéndose de su pequeño guía, se puso en caminó lentamente hacia Boca, atravesando la gran ciudad, lleno de tristeza y de estupor.
Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba!
Al día siguiente, al anochecer, después de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón de maderos, y como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela, cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuyas voces y el dialecto querido que hablaban llevó algunos bríos al ánimo de Marcos.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua la admiración del pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso.
El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques flotantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetación.
Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar.
Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, y que la navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, quienes, viéndole triste, no le dirigían nunca la palabra.
Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía. ¡Córdoba!, repetía este nombre: Córdoba, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas. Pero después pensaba: "Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas, aquellas orillas"; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios aquellos lugares en los cuales se había fijado la mirada de su madre... Por la noche alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando lo adormecía de niño. La última noche, al oír aquel canto, sollozó. El marinero se interrumpió. Después le gritó:
-¡Ánimo, chico, valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!
Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz de sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con orgullo, dando un golpe en el timón. "Bien -dijo para sí-; también daré yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal de que vuelva a verla una sola vez!... ¡Ánimo!..." Y con estos bríos llegó, al clarear una fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los países.
Poco después de haber desembarcado, subió a la ciudad, con su cofre al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación.
Al entrar en Rosario, le pareció que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían inmensas telarañas, oyéndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos Aires, y que iba otra vez a buscar a su tío. Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas encontró al fin la casa de su nuevo protector. Tocó la campanilla. Se asomó a la puerta un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía aspecto de corredor de comercio, y que le preguntó fríamente con pronunciación extranjera:
-¿Qué quieres?
El muchacho dijo el nombre del patrón.
-El patrón -respondió el corredor- ha salido anoche para Buenos Aires, con toda su familia.
El muchacho se quedó paralizado.
Después balbuceó:
-Pero yo... no tengo a nadie aquí..., ¡soy solo! -Y le dio la tarjeta.
El corredor la tomó, la leyó y dijo con mal humor:
-No sé qué hacer. Ya le diré dentro de un mes, cuando vuelva...
-¡Pero yo estoy solo! ¡Estoy necesitado! -exclamó el chico con voz suplicante.
-¡Eh, anda -dijo el otro-; ¿no hay ya bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.
Y le dio con la puerta en las narices.
El muchacho se quedó petrificado.
Después tomó con desaliento su baúl, y salió con el corazón angustiado, con la cabeza hecha una bomba, y asaltado de un cúmulo de pensamientos desagradables.
¿Qué hacer? ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en ferrocarril. Le quedaba ya muy poco dinero. Deduciendo lo que habría de gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¿cómo? ¿A quién pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca, jamás, ¡prefiero morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí la inmensa calle que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas, echó a tierra el cofre, se sentó en él apoyando la espalda contra la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente lo tocaba con los pies al pasar; los carruajes hacían ruido por la calle; algunos muchachos se detenían para mirarlo. Estuvo así buen rato.
De su letargo lo sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:
-¿Qué tienes, chiquillo?
Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa:
-¿Usted aquí?
Era el viejo labrador lombardo, con el cual había contraído amistad durante el viaje.
La admiración del viejo no fue menor que la suya.
Pero el muchacho no le dejó tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido.
-Heme aquí ahora, sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo: llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir solo de pan; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad, búsqueme usted trabajo, por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!
-¡Cáspita, cáspita! -dijo el viejo, mirando alrededor y rascándose la barba-: ¿Qué historia es ésta? Trabajar... se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habrá aquí algún medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?
El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.
-Ven conmigo -le dijo el viejo.
-¿Dónde? -preguntó el chico, volviendo a cargar con el baúl.
-Ven conmigo.
El viejo se puso en marcha. Marcos lo siguió y anduvieron juntos un buen trecho de calle, sin hablar.
El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que tenía en el rótulo una estrella, y escrito debajo: "La Estrella de Italia"; se asomó adentro, y volviéndose hacia el muchacho, le dijo alegremente:
-Llegamos a tiempo.
Entraron en una habitación grande, en donde había varias mesas y muchos hombres sentados que bebían y hablaban alto. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y en el modo cómo saludó a los seis parroquianos que estaban a su alrededor, se comprendía que se había separado de ellos poco antes. Estaban muy encarnados, y hacían sonar sus vasos, voceando y riendo.
-¡Camaradas! -dijo sin más preámbulos el lombardo, quedándose en pie y presentando a Marcos-: he aquí un pobre muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo, desde Génova a Buenos Aires, para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: "No está aquí; está en Córdoba". Viene embarcado a Rosario, en tres días y cuatro noches, con dos líneas de recomendación; presenta la carta, lo reciben mal. No tiene un céntimo. Está aquí solo, desesperado. Es un pobre niño muy animoso. Hagamos algo por él; ¿no ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta Córdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aquí como un perro?
-¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos! -gritaron todos a la vez, pegando puñetazos en la mesa-. ¡Un compatriota nuestro!
-¡Ven aquí, pequeño!
-¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!
-¡Mira qué hermoso muchacho!
-¡Aflojen los pesos, camaradas!
-¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimos! Bebe un sorbo, compatriota.
-Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo.
Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la espalda, un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaban; la historia del muchacho corrió por toda la hostería; acudieron de la habitación inmediata tres parroquianos argentinos, y, en menos de diez minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y dos pesos.
-¿Has visto -dijo entonces, volviéndose hacia el muchacho- qué pronto se hace esto en América?
-¡Bebe! -le gritó otro, pasándole un vaso de vino-. ¡A la salud de tu madre!
Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió:
-A la salud de mi... -pero un sollozo de alegría le impidió concluir, y dejando el vaso sobre la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.
A la mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para Córdoba, animado y sonriente, lleno de presentimientos halagüeños. Pero esta alegría no correspondía al aspecto siniestro de la naturaleza.
El cielo estaba cerrado y oscuro; el tren, casi vacío, corría a través de una inmensa llanura, en la que no se veía ninguna señal de habitación. Se encontraba solo en un vagón grandísimo, que se parecía a los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda y no se veía más que una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles deformes, de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetación oscura, extraña y triste, que daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.
Dormitaba una media hora, y volvía a mirar; siempre veía el mismo espectáculo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el tren se paraba no se oía una voz; le parecía que se encontraba solo, en un tren perdido, abandonado en medio del desierto.
Creía que cada estación debía ser la última, y que se entraba, después de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes. Una brisa helada le azotaba el rostro. Embarcándolo en Génova a fines de abril, su familia no había pensado que en América podría encontrar el invierno, y le habían vestido de verano
Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con el frío, el cansancio de los días pasados, llenos de emociones violentas y de noches de insomnio y agitadas. Se durmió; durmió mucho tiempo y se despertó aterido, sintiéndose mal. Y entonces le acometió un vago terror de caer enfermo, de morirse en el viaje y de ser arrojado allí, en medio de aquella llanura solitaria, donde su cadáver sería despedazado por los perros y por las aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de vacas que veía al lado del camino, de vez en cuando, y de los cuales apartaba la mirada con espanto.
En aquel malestar inquieto, en medio de aquel tétrico silencio de la naturaleza, su imaginación se excitaba y volvía a pensar en lo más negro. ¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en Córdoba a su madre? ¿Y si no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto? Con estos pensamientos volvió a adormecerse y soñó que estaba en Córdoba de noche, y oía gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: "¡No está aquí! ¡No está aquí! ¡No está aquí!" Se despertó sobresaltado, aterido, y vio en el fondo del vagón a tres hombres con barba envueltos en mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre sí, y le asaltó la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para robarle el equipaje.
Al frío, al malestar, se agregó el miedo; la fantasía, ya turbada, se le extravió -los tres hombres lo miraban siempre; uno de ellos se movió hacia él-; entonces le faltó la razón, y corriendo al encuentro de ellos, con los brazos abiertos, gritó:
-No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagan daño!
Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron lástima, le hicieron caricias y lo tranquilizaron, diciéndole muchas palabras, que no entendía; y viendo que le castañeteaban los dientes por el frío, le echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que se durmiera. Y se volvió a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron, estaba en Córdoba.
¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se bajó del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez; le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho echó a correr hacia ella. Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció entrar en Rosario otra vez, al ver calles rectas, flanqueadas de pequeñas casas blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas. Pero había poca gente, y a la luz de los escasos faroles que había, encontraba rostros extraños, de un color desconocido, entre negruzco y verdoso; y, alzando la cara de vez en cuando, veía iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban muy grandes y negras sobre el firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; pero después de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre. Preguntó a un sacerdote, y pronto encontró la iglesia y la casa; tocó la campanilla con mano temblorosa, y se apretó la otra contra el pecho, para sostener los latidos de su corazón que se le quería subir a la garganta.
Una vieja fue a abrir con una luz en la mano.
-¿A quién buscas? -preguntó aquélla en español.
-Al ingeniero Mequínez -dijo Marcos.
La vieja, despechada, respondió, meneando la cabeza:
-¡También tú ahora preguntas por el ingeniero Mequínez! Me parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los periódicos. ¿Será menester anunciar en las esquinas que el señor Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?
El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo en una explosión de rabia:
-¡Me persigue, pues, una maldición! Yo me moriré en medio de la calle sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama ese lugar? ¿Dónde está? ¿A qué distancia?
-¡Pobre niño! -respondió la vieja, compadecida-. ¡Una friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas leguas, por lo menos.
El muchacho se cubrió la cara con las manos; después preguntó sollozando:
-Y ahora.... ¿qué hago?
-¿Qué quieres que te diga, hijo mío? -respondió la mujer-; yo no sé.
Pero de pronto se le ocurrió una idea, y la soltó en seguida.
-Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha, por la calle, encontrarás, a la tercera puerta, un patio; allí vive un capataz, un comerciante, que parte mañana para Tucumán con sus carretas y sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios; te dejará, quizás, un sitio en el carro; anda en seguida.
El muchacho cargó con su cofre, dio las gracias a escape, y al cabo de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con la cubierta curvada y las ruedas altísimas.
Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, con dos anchos borceguíes, dirigía la faena. El muchacho se acercó a él y le expuso tímidamente su pretensión, diciéndole que venía de Italia y que iba a buscar a su madre.
El capataz, es decir, el conductor de aquel convoy de carros, le echó una ojeada de pies a cabeza y le dijo secamente:
-No tengo colocación para ti.
-Tengo quince pesos -replicó el chico, suplicante-; se los doy. Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las bestias; haré todos los servicios. Un poco de pan me basta. Déjeme ir, señor.
El capataz volvió a mirarlo, y respondió, con mejor ánimo:
-No hay sitio..., y, además, no vamos a Tucumán; vamos a otra ciudad, a Santiago. Tendríamos que dejarte en el camino, y andar todavía un buen trecho a pie.
-¡Ah! ¡Yo andaría el doble! -exclamó Marcos-; yo andaré, no lo dude usted; llegaré de todas maneras; ¡déjeme un sitio, señor, por caridad; por caridad, no me deje aquí solo!
-¡Mira que es un viaje de veinte días!
-No importa.
-¡Es un viaje muy penoso!
-Todo lo sufriré.
-¡Tendrás que viajar solo!
-No tengo miedo a nada. Con tal de que encuentre a mi madre... ¡Tenga usted compasión!
El capataz le acercó a la cara una linterna, y lo miró. Después dijo:
-Está bien.
El muchacho le besó las manos.
-Esta noche dormirás en un carro -añadió el capataz, dejándolo-; mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches.
Por la mañana a las cuatro, a la luz de las estrellas, la larga fila de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba tirado por seis bueyes. Seguía un gran número de animales, que servirían para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de los carros, con su bagaje, se durmió muy pronto, profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en círculo alrededor de un cuarto de ternera, que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en tierra, al lado de un gran fuego, agitado por el viento.
Comieron todos juntos, durmieron, y después volvieron a emprender la jornada; y así continuó el viaje regulado, como una marcha militar. Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; se detenían a las nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y se detenían nuevamente a las diez. Los peones iban a caballo, y excitaban a los bueyes con palos largos. El muchacho encendía el fuego para el asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber.
El país pasaba delante de él como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles oscuros; aldeas de pocas casas, dispersas, con las fachadas rojas y almenadas; vastísimos espacios, quizá antiguos lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal, hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rarísima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de otros cuantos caballos sueltos, que pasaban al galope, como una exhalación.
Los días eran todos iguales, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el muchacho se había hecho un servidor obligado, se tornaban día tras día más exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se hacían servir de él sin consideración; lo obligaban a llevar cargas enormes de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por la fatiga, no podía ni aun dormir de noche, despertando a cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Además, se había levantado viento y una tierra fina, rojiza y sucia, que lo envolvía todo, penetraba en el carro, se le introducía por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiración, oprimiéndolo continuamente de un modo insoportable.
Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado desde la mañana hasta la noche, el pobre muchacho se debilitaba más cada día, y habría decaído su ánimo por completo si el capataz no le hubiera dirigido de vez en cuando alguna palabra agradable. A veces, en un rincón del carro, cuando no lo veían, lloraba con la cara apoyada en su baúl, que no contenía ya más que andrajos. Cada mañana se levantaba más débil y más desanimado, y al mirar al campo y ver siempre aquella implacable llanura sin límites, como un océano de tierra, decía para sí:
"¡Oh, a la noche no llego, no llego a la noche! ¡Hoy me muero en el camino!" Y los trabajos crecían, los malos tratamientos se redoblaban. Una mañana, porque había tardado en llevar el agua, uno de los hombres, no estando presente el capataz, le pegó. Desde entonces comenzaron a hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo, diciéndole: "¡Haz esto, holgazán!", "¡Lleva esto a tu madre!" El corazón se le quería salir del pecho; enfermo, estuvo tres días en el carro con una manta encima, con calentura, sin ver a nadie más que al capataz, que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se creía perdido e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola mil veces por su nombre: "¡Oh madre mía! ¡Madre mía!... ¡Oh pobre madre mía, que ya no te veré más! ¡Pobre madre, que me encontrarás muerto en medio del camino!" Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Después se puso mejor, gracias a los cuidados del capataz, y se curó por completo; mas con la curación llegó el día más terrible de su viaje, el día en que debía quedarse solo.
Hacía más de dos semanas que estaban de marcha. Cuando llegaron al punto en que el camino de Tucumán se aparta del que va a Santiago, el capataz le avisó que debían separarse. Le hizo algunas indicaciones respecto al trayecto, le cargó el equipaje sobre las espaldas, de modo que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera conmoverse, lo despidió. El muchacho apenas tuvo tiempo para besarle en un brazo. También los demás hombres, que tan duramente lo habían tratado, parece que sintieron un poco de lástima al verlo quedarse tan solo, y le decían adiós con la mano, al alejarse. Él devolvió el saludo, permaneció unos momentos mirando el convoy que se perdía entre el rojizo polvo del campo, y después se puso en camino, tristemente.
Una cosa, sin embargo, lo animó algo desde el principio. Después de tres días de viaje, a través de aquella llanura, interminable y siempre igual, vio delante de sí una cadena de altísimas montañas azules, con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes. Le parecía acercarse a su país. Eran los Andes, la espina dorsal del continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar glacial del Polo Ártico, por 110 grados de latitud.
También lo animaba sentir que el aire se iba haciendo cada vez más cálido; y esto sucedía porque, marchando hacia el norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; veía, de vez en cuando, mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios. Eran caras completamente nuevas para él, color de tierra, con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas prominentes. Lo miraban fijo y lo seguían con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.
El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído decir, en Italia, que en aquel país había serpientes; creía oírlas arrastrarse; se detenía, tomaba luego carrera y sentía frío en los huesos. A veces sentía una gran lástima de sí mismo, y lloraba en silencio, mientras caminaba. Después pensaba: "¡Oh, cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!" Y este pensamiento le daba ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en ella, traía a su mente sus palabras
cuando salió de Génova, y el modo como le solía arreglar las mantas bajo la barbilla, cuando estaba en la cama; y cuando era niño, que a veces lo cogía en sus brazos, diciéndole: "¡Estate aquí un poco conmigo!"; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregada a sus pensamientos. Y decía para sí:
"¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi viaje, madre mía?" Y andaba; andaba, en medio de árboles desconocidos, entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron:
-Tucumán está a cinco leguas de aquí.
Dio un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fue breve ilusión. Las fuerzas lo abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba, echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo tiempo el cielo: "¡Oh madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan cerca de ti?"
¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba entonces su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para caminar aún, y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy bien.
La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido contestación a sus cartas, del marido ni del primo, el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia, la ansiedad continua en que vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal estrangulada.
Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente, en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operación.
Un afamado médico de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente.
-No, queridos señores -decía ella-, no tiene objeto; yo no tengo ya más fuerza para resistir, y moriré bajo los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido en mi familia.
Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras, prorrumpía en llanto.
-¡Oh, hijos míos! ¡Hijos míos! -exclamaba, juntando sus manos-; ¡quizá ya no existen! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias, buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aún con la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme; es mi destino! Estoy decidida.
Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían:
-No, no diga eso -cogiéndola de las manos y suplicándole.
La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que la hacía parecer muerta... Los señores permanecían a su lado algún tiempo, mirando con gran compasión a la débil luz de la lamparilla, a aquella madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir... ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada!
Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado y tambaleándose, pero lleno de ánimos, en la ciudad de Tucumán, una de las más jóvenes y florecientes del país. Le parecía volver a ver Córdoba, Rosario, Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas, y larguísimas, y aquellas casas bajas y blancas; pero por todas partes se veía una nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás lo había visto ni siquiera en Italia.
Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volvían a contemplar a aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre la gente una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos, y dos mujeres. Se acercó lentamente a la puerta, y con ánimo resuelto preguntó:
-¿Me sabrían decir, señores, dónde está la familia Mequínez?
-¿Del ingeniero Mequínez? -preguntó a su vez el de la tienda.
-Sí, del ingeniero Mequínez -respondió el muchacho con voz apagada.
-La familia Mequínez -dijo el de la tienda- no está en Tucumán.
Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fue el eco de aquellas palabras.
El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos.
-¿Qué ocurre? ¿Qué tienes, muchacho? -dijo el tendero, haciéndole entrar en la tienda y sentarse-; no hay por qué desesperarse, ¡qué diablo! Los Mequínez no están aquí, pero no están muy lejos: ¡a pocas horas de Tucumán!
-¿Dónde? ¿Dónde? -gritó Marcos, levantándose como un resucitado.
-A unas quince millas de aquí -continuó el hombre-, a orillas del Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben, y llegarás en pocas horas.
-Yo estuve allá hace poco -dijo un joven que había acudido al oír el grito.
Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo:
-¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?
-¿La genovesa? La he visto.
Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto.
Luego, con un impulso de violenta resolución:
-¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto, enséñeme el camino!
-¡Pero si hay una jornada de marcha! -le dijeron todos a una voz-; estás cansado y debes reposar; partirás mañana.
-¡Imposible! ¡ Imposible! -respondió el muchacho-. ¡Díganme por dónde se va; no espero ni un momento, en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino!
Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más.
-¡Que Dios te acompañe! -le dijeron-. Ten cuidado con el camino por el bosque. Buen viaje, italianito.
Un hombre lo acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dio algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su cofrecito a la espalda, por entre los espesos árboles que flanqueaban el camino.
Aquella noche fue tremenda para la pobre enferma. Tenía dolores atroces, que le arrancaban alaridos capaces de destrozar sus venas y que le producían momentos de delirio. Las mujeres que la asistían perdían la cabeza. El ama acudía de cuando en cuando, descorazonada. Todos comenzaron a temer que aunque hubiera decidido dejarse hacer la operación, el médico, que debía llegar a la mañana siguiente, llegaría ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprendía, sin embargo, que su desconsuelo mayor y más terrible no lo causaban los dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda, descompuesta, con la fisonomía deshecha, metía sus manos por entre los cabellos, con actitudes de desesperación que traspasaban el alma, gritando:
-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver! ¡Mis pobres hijos, que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre sangre! ¡Mi Marcos, todavía tan pequeñito, así de alto, tan bueno y tan cariñoso! ¡No saben qué muchacho era! Señora, ¡si usted supiese! No me lo podía quitar de mi cuello cuando partí: sollozaba que daba compasión oírlo; ¡pobrecillo!, parecía que sospechaba que no había de volver a ver a su madre; ¡pobre Marcos, pobre niño mío! Creí que estallaba mi corazón. ¡Ah, si me hubiese muerto en aquel mismo instante en que me decía "adiós"! ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin madre, pobre hijo, él, que me quería tanto, que tanto me necesitaba; sin madre, en la miseria, tendrá que andar pidiendo limosna, él, Marcos, mi Marcos, que extenderá su mano hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No quiero morir! ¡Un médico! ¡Llámenlo en seguida! ¡Que venga, que me opere, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero curarme; quiero irme, huir, mañana, ahora mismo! ¡El médico! ¡Socorro! ¡Socorro!
Y las mujeres le sujetaban las manos, la calmaban, suplicantes; procuraban hacerla volver en sí poco a poco, y le hablaban de Dios y de esperanza. Y volvía a sumirse en un abatimiento mortal, lloraba con las manos entre sus cabellos grises, gemía como una niña, lanzaba prolongados gemidos y murmuraba:
-¡Oh, Marcos mío, mi pobre Marcos! ¡Dónde estará ahora la pobre criatura!
Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, después de haber pasado muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a través de una vastísima floresta de árboles gigantescos, monstruos de vegetación, con fustes desmesurados semejantes a pilastras de una catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes cabelleras plateadas por la luna.
Vagamente, en aquella media oscuridad, veía miles de troncos de todas formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes extrañas de amenaza y de lucha; algunos caídos en tierra, como torres arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetación exuberante y confusa que semejaba a furiosa multitud disputándose palmo a palmo el terreno; otros formando grupos verticales y apretados, como si fueran haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes: una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecogía gran estupor. Pero pronto su alma volaba hacia su madre.
Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrando, solo, en medio de aquel imponente bosque, donde no veía más que, a grandes intervalos, pequeñas viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos árboles parecían nidos de hormigas; estaba agotado, pero no sentía el cansancio; estaba solo y no tenía miedo. La grandeza del campo engrandecía su alma; la cercanía de su madre le daba la fuerza y la decisión de un hombre; el recuerdo del océano, de los abatimientos, de los dolores que había experimentado y vencido, de las fatigas que había sufrido, de la férrea voluntad que había desplegado, le hacían levantar la frente; toda su fuerte y noble sangre genovesa refluía a su corazón en ardiente oleada de altanería y audacia.
Y algo nuevo pasaba en él: hasta entonces había llevado en su mente una imagen de su madre oscurecida y como un poco borrada por los años de alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; tenía delante de sus ojos el rostro entero y puro de su madre como hacía mucho tiempo no lo había contemplado; la volvía a ver cercana, iluminada, como si estuviera hablando; volvía a ver los movimientos más fugaces de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos, las sombras de sus pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una ternura indecible, iba creciendo en su corazón, y hacía correr por sus mejillas lágrimas tranquilas y dulces. Según iba andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le decía las palabras que le hubiera dicho al oído dentro de poco:
-¡Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; no te dejaré jamás; juntos volveremos a casa, estaré siempre a tu lado en el vapor, apretado contra ti, y nadie me separará de ti nunca, nadie, jamás, mientras tengas vida! Y no advertía entretanto que sobre la cima de los árboles gigantescos iba poco a poco apagándose la argentina luz de la luna con la blancura delicada del alba.
A las ocho de aquella mañana, el médico de Tucumán -un joven argentino- estaba ya al lado de la cama de la enferma acompañado de un practicante, intentando por última vez persuadirla para que se dejase hacer la operación; a su vez, el ingeniero Mequínez volvía a repetir las más calurosas instancias, lo mismo que su señora. Pero ¡todo era inútil! La mujer, sintiéndose sin fuerza, ya no tenía fe en la operación; estaba certísima o de morir en el acto, o de no sobrevivir más que algunas horas, después de sufrir en vano dolores mucho más atroces que los que debían matarla naturalmente. El médico tenía buen cuidado de decirle una y otra vez:
-¡Pero si la operación es segura y su salvación es cierta, con tal de que tenga algo de valor! Y, por otro lado, si se empeña en resistir, la muerte es segura.
Eran palabras lanzadas al aire.
-No -respondía siempre con su débil voz-, todavía tengo valor para morir, pero no lo tengo para sufrir inútilmente. Gracias, señor médico. Así está dispuesto. Déjeme morir tranquila.
El médico, desanimado, desistió. Nadie pronunció una palabra más. Entonces la mujer volvió el semblante hacia su ama, y le dijo, con voz moribunda, sus postreras súplicas.
-Mi querida y buena señora -dijo con gran trabajo, sollozando-, usted mandará los pocos pesos que tengo y todas mis cosas a mi familia... por medio del señor cónsul. Yo supongo que todos viven. Mi corazón me lo predice en estos últimos momentos. Me hará el favor de escribirles... que siempre he pensado en ellos..., que he trabajado para ellos..., para mis hijos..., y que mi único dolor es no volverlos a ver más..., pero que he muerto con valor..., resignada..., bendiciéndolos; y que recomiendo a mi marido... y a mi hijo mayor al más pequeño, a mi pobre Marcos, a quien he tenido en mi corazón hasta el último momento.
Y poseída de gran exaltación repentina, gritó juntando las manos:
-¡Mi Marcos! ¡Mi pobre niño! ¡Mi vida!... -pero girando los ojos anegados en llanto, vio que su ama no estaba ya a su lado: habían venido a llamarla furtivamente. Buscó al señor, también había desaparecido. No quedaban más que las dos enfermeras y el practicante. En la habitación inmediata se oía el rumor de pasos presurosos, murmullo de voces precipitadas y bajas, y de exclamaciones contenidas. La enferma fijó su vista en la puerta en ademán de esperar. Al cabo de pocos minutos volvió a presentarse el médico, con semblante extraño; luego su señora y el amo, también con la fisonomía visiblemente alterada. Los tres se quedaron mirando con singular expresión, y cambiaron entre sí algunas palabras en voz baja. Le pareció oír que el médico decía a la señora:
-Es mejor en seguida.
La enferma no comprendía.
-Josefa -le dijo el ama con voz temblorosa-. Tengo que darte una noticia buena. Prepara tu corazón a recibir una buena noticia.
La mujer se quedó mirándola con fijeza.
-Una noticia -continuó la señora cada vez más agitada- que te dará mucha alegría.
La enferma abrió los ojos desmesuradamente.
-Prepárate -prosiguió su ama- a ver a una persona... a quien quieres mucho.
La mujer levantó la cabeza con ímpetu vigoroso, y empezó a mirar a la señora y a la puerta con ojos que despedían fulgores.
-Una persona -añadió su ama, palideciendo- que acaba de llegar... inesperadamente.
-¿Quién es? -gritó, con voz sofocada y angustiosa, como llena de espanto.
Un instante después lanzó un agudísimo grito, de un salto se sentó sobre la cama, y permaneció inmóvil, con los ojos desencajados y con las manos apretadas contra las sienes, como si se tratase de una aparición sobrehumana.
Marcos, lacerado y cubierto de polvo, estaba de pie en el umbral, detenido por el doctor, que lo sujetaba por un brazo.
La mujer prorrumpió por tres veces:
-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!
Marcos se lanzó hacia su madre, que extendía sus brazos descarnados, apretándole contra su seno como un tigre, rompiendo a reír violentamente y mezclándose a su risa profundos sollozos sin lágrimas, que la hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.
Pronto se rehízo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegría, y besando a su hijo:
-¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Eres tú? ¡Cómo has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Estás solo? ¿No estás enfermo? ¡Eres tú, Marcos! ¡No es esto un sueño! ¡Dios mío! ¡Háblame!
Luego, cambiando de tono repentinamente:
-¡No! ¡Calla! ¡Espera! -y volviéndose hacia el médico-: Pronto, en seguida doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento. Llévense a Marcos para que no sufra. ¡Marcos mío, no es nada! Ya me contarás todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aquí, doctor.
Sacaron a Marcos de la habitación. Los amos y criados salieron en seguida, quedando sólo con la enferma el cirujano y el ayudante, que cerraron la puerta.
El señor Mequínez intentó llevarse a Marcos a una habitación lejana: fue imposible; parecía que lo habían clavado en el pavimento.
-¿Qué es? -preguntó-. ¿Qué tiene mi madre? ¿Que le están haciendo?
Entonces Mequínez, bajito e intentando siempre llevárselo de allí:
-Mira; oye; ahora te diré; tu madre está enferma; es preciso hacerle una sencilla operación; te lo explicaré todo; ven conmigo.
-No -respondió el muchacho-, quiero estar aquí. Explíquemelo aquí.
El ingeniero amontonaba palabras y más palabras, y tiraba de él para sacarlo de la habitación; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando de terror.
Un grito agudísimo, como el de un herido de muerte, resonó de repente por toda la casa.
El niño respondió con otro grito horrible y desesperado:
-¡Mi madre ha muerto!
El médico se presentó en la puerta y dijo:
-Tu madre se ha salvado.
El muchacho lo miró un momento, arrojándose luego a sus pies, sollozando:
-Gracias, doctor.
Pero el médico lo hizo levantar, diciéndole:
-¡Levántate!... ¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!
FIN
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